Una noche mágica en el Coliseo Podestá de La Plata. Un trabajo actoral hipnótico. Una obra absolutamente conmovedora. Teatro del mejor, sin artificios sin nada que distrajera la inclaudicable atención del espectador. En “El hijo eterno”, pieza de Cristováo Tezza  taducida por Gabriela Rosas y adaptada por Bruno Lara, Michel Noher habita la piel de un  hombre que padece  una marcada discapacidad emocional. Un diletante que juguetea con la literatura, y se cree escritor sin llegar a serlo. Un tipo que no ha logrado cicatrizar viejas heridas, producto de su relación con su rígido padre ausente. Alguien a quien le cuesta horrores expresar el afecto, la empatía. Y a la vida de ese ser incompleto llega un bebé con síndrome de Down, allá por la década de los ’80, cuando poco se sabía aún sobre el tema. “Mogólicos” se los llamaba, siendo la integración de esos niños en la sociedad muy deficiente y la discriminación muy evidente.

Felipe llega a la vida del protagonista para terminar de desestabilizarlo. Siente desazón, vergüenza, ira. ¿Por qué a él? ¿Por qué esta “desgracia”?  Justo a él, que aún no había dejado de ser “hijo”, que no tenía la madurez suficiente como para aceptar el reto que la vida le planteaba de golpe, sin anestesia.

La entrañable obra de Cristováo Tezza recorre ese vínculo padre-hijo, desde su no-existencia hasta convertirse en un lazo indisoluble. Por momentos el lenguaje es cruel, lacerante, impiadoso, violento. Nada enmascara ni endulza ni disimula los sentimientos desnudos de este hombre atormentado, confundido, enojado, hasta encaprichado.  Él esconde lo que siente ante los demás, pero no ante sí mismo ni antes nosotros, los espectadores, los testigos de su lenta y dolorosa transición de la no aceptación, de la negación, al amor más puro.

Capo lavoro el de Michel Noher. Impecable, verosímil, medido, sincero, medular. Él solito en el escenario, cámara negra, con tan sólo una silla, y la magistral puesta de luces de Daniela García Dorato. Su cuerpo, su voz (afortunadamente, sin amplificación) sus manos: el suyo es un instrumento afinado como el mejor Stradivarius. Una sensibilidad exquisita puesta al servicio de la composición de un hombre en crisis consigo mismo y con la vida.

Estimada Irene! Mil gracias por la extraordinaria sensibilidad y dedicación puntillosa de tu reseña sobre “El hijo Eterno”. Abrazo grande. El padre orgulloso. Jean Pierre.

Impecable asimismo la dirección de Daniel Herz, asistido por Nacho Ciatti. Una puesta deliberadamente ascética, sobria, descarnada de una obra dura, que no hace concesiones, sin golpes bajos ni moralejas simplistas. La música de Lucas Macier subraya acertadamente los diversos climas de la pieza.

Felipe, el “discapacitado”, el “retrasado”, el “diferente”, el “anormal”, resulta ser el más feliz de esta historia, el Peter Pan que vive anclado en el presente, en el aquí y ahora eterno, sin  necesitar metáforas ni abstracciones, sin conciencia del implacable paso del tiempo ni de la finitud de la vida.

Jean Pierre Noher, productor general del espectáculo y padre del actor, expresó su bien ganada admiración por ese hijo, que se brindó por entero en el escenario del Coliseo Podestá, cautivando al público con las mejores armas.

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